"Una vez me dijeron que las piedras tenían sentimientos"
Esther Quevedo

miércoles, 10 de abril de 2013

Papel de embalar


Siempre pensé que la muerte tenía el color del papel de embalar.
Marronuzca y de piel lisa.
Lo pensé de niña cuando veía las noticias en blanco y negro.
Lo pensé de adolescente cuando ni veía las noticias ni me interesaba nada más que el color de las medias que me iba a poner con la falda acampanada roja.
Lo pensé de adulta cuando llegué a la facultad y mis ideales eran discutir y tomar té sin limón, porque el limón costaba un duro, hasta que un amigo me dijo que pidiera el limón cuando ya había pagado.
Siempre pensé que mi madre sería inmortal y que en cualquier situación podría refugiarme debajo de su brazo, cual pollo.
Pero mi madre murió y yo vi la muerte, y la muerte no era del color del papel de embalar. La muerte se presentó una mañana de octubre, grande, poderosa, segura, negra, oscura, rugosa.
Después el silencio, el desamparo.
El silencio apareció como una borla de debajo de la cama, como un pastel de cumpleaños, como el cielo azul.
Mirar al silencio de cara tiene su chiste.
Él te observa con sus ojos grandes y verdes.
No opina, no dice, no replica.
El silencio puede mantenerse a tu lado un rato o varios días hasta que se cansa. Entonces deja paso a la risa, a la tristeza, a la alegría, al hastío.
La risa es esencialmente naranja, redonda y fofa. Nunca ha querido hacer régimen porque piensa que se convertiría en tristeza y eso le da mucha aprensión. Ella es consciente que su estado de ánimo es un poco maniaco y que a veces se convierte en un problema.
Una navidad estaba la familia hablando. Mi tía dijo que a ella le gustaba mucho la navidad que celebraban en casa de su otra sobrina porque en vez de cantar villancicos normales y corrientes, lo que hacían era poner su propia letra como si un villancico fuera una chirigota.
Mi tía es así, esté donde esté nunca está a gusto.
Como era la primera vez que venía después de muchos años a nuestra casa y, sabiendo el carácter rancio que tiene, todos la escuchábamos con atención, serios, como si estuviera hablando de lo mal que está el Dow Jones.
De pronto todo se hizo naranja para mí y noté como la risa me invadía el cerebro de forma imposible.
Tenía enfrente a mi hijo, el mayor, que dice que quiere ser ingeniero espacial pero tiene notas de celador. Mi hijo el mayor entornó los ojos y dio un brinco a la cocina, algo que la risa y yo aprovechamos.
Creo que mi tía no volverá otra nochebuena a mi casa porque, entre otras cosas, no le hice ni caso y como no conocía a nadie se pasó la noche fregando copas.
Mi hijo mayor se parece a mí. Yo quería ser psiquiatra y acabé de maestra de jardín de infancia, pero eso sí, como tengo el don de que todo el mundo me explica sus penas, me paso el día quitando, poniendo pañales y escuchando los dramas de mis compañeras de trabajo.
Porque no conocen la risa.
No la conocen porque siempre están de régimen.
Y entonces entiendo por qué la risa no tiene buena relación con la tristeza.
La tristeza la conozco a trozos. La tristeza la considero una enfermedad rabiosa que se mete en las células y las va atacando, sin prisa. A la tristeza no le tengo una gran consideración. Translúcida, amorfa, parásita.
Me hice amiga de una persona triste y era horroroso. Se pasaba el día lamentándose de su vida, de su peinado, de su trabajo, de su novio, de no tener ganas de nada, en resumen, de vivir.
Una noche me llamó llorando como de costumbre y le dije que no quería hablar con ella, que cada vez que oía su voz me ponía triste, que ya no tenía fuerzas para ayudarla, que por favor, me llamara cuando tuviera algo alegre que contarme.
Y no me llamó más.
Cinco años más tarde la encontré paseando por la ciudad, contenta, satisfecha, feliz y me explicó que la última noche en la que hablamos y, viendo que ya nadie la podía ayudar, se apuntó a un curso de bailes de salón, se enamoró de su profesor cubano y que ahora se pasaba los días a ritmo de mambo, de salsa y de roncito…, que así fue como me lo contó.
También me dijo que me asociaba a un tiempo triste y oscuro y que no quería volver a verme más.
Cada una tiró por su camino.
Entonces pensé que tendría que haber sido más aplicada en los estudios y haberme hecho psiquiatra. Al menos habría cobrado, pero como soy un poco pánfila lo mismo me hubiera dado mucha pena y hubiera escuchado gratis.
Del hastío no tengo nada que contar. No lo conozco muy bien.

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